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Lucha contra cambio climático puede ser buen negocio

CAMBIO CLIMÁTICO

La Cumbre del Clima (COP-21) reunirá a más de un centenar de jefes de Estado y Gobierno aparentemente concienciados con la necesidad de alcanzar un acuerdo universal sobre la reducción de emisiones de gases con efecto invernadero.

Tras 20 años de infructíferas negociaciones, esta vez se nota cierto optimismo. El encuentro puede convertirse en el pacto definitivo que arranque un compromiso global y vinculante para la reducción de los gases de efecto invernadero, incluidas las grandes potencias.

El propio Barack Obama ha manifestado su interés «personal» en poder firmar un acuerdo “ambicioso y duradero”.

Los líderes empresariales también parecen dispuestos a caminar en esa dirección. Un estudio del Pacto Mundial de la ONU y Accenture Strategy, lo confirma.

«El 70% de los ejecutivos de compañías con ingresos de más de 1.000 millones de dólares al año, considera que el cambio climático traerá oportunidades de crecimiento e innovación para sus compañías, a lo largo de los próximos cinco años», siempre que las reglas sean claras e iguales para todos.

Una conclusión que el informe apoya con ideas como la de que «un acuerdo a largo plazo sobre el clima» favorecerá «la inversión del sector privado en alternativas a los combustibles fósiles». Para impulsarlo, «los líderes empresariales tienen claro que la acción gubernamental es crucial para promover un mayor progreso», continúa.

«Los mercados necesitan una señal fuerte de los Gobiernos y de la comunidad internacional para que se acelere la transición energética y la decarbonización de la economía. De ahí la importancia de la COP-21 en París. Ahora es el momento. Como advierte el propio lema de la cumbre “Más tarde será demasiado tarde”», defiende Rémi Parmentier, fundador de GreenPeace y hoy director de The Varda Group, consultora internacional especializada en estrategia e incidencia ambiental.

Los puntos sobre los que debería haber un consenso global son ya conocidos. «Tiene que haber un compromiso de las grandes potencias, sobre todo China y EE.UU., para que el acuerdo sea vinculante, cosa que hasta ahora no ha sucedido. Este compromiso no tiene que ser de mínimos, sino fijar objetivos ambiciosos, claros y de largo plazo. Es necesario acordar acciones concretas, como, por ejemplo, fijar precios globales para las emisiones de carbono, con el objetivo de que el daño causado recaiga sobre quien lo provoque. Y hay que incidir en temas “tabú”, como determinar quién se responsabiliza de la inversión en países en vías en desarrollo», expone Pascual Berrone, profesor de Dirección Estratégica de IESE Business School.

Para gobiernos y empresas la gravedad de la crisis financiera ha servido de «justificación» para reducir o paralizar las inversiones en I+D+i como «mal menor».

Por ello, cómo evitar que en un futuro la situación se repita debería quedar contemplado en ese esperado acuerdo.

«La clave está -argumenta Berrone- en que el sector privado reconozca que las inversiones en I+D vinculadas al ambiente no es algo que le guste hacer, sino un elemento esencial para competir en el futuro. Las empresas que no lo hagan desaparecerán. Evidentemente, durante una crisis es más difícil invertir en estos aspectos, pero es también el mejor momento para hacerlo».

«Si algo hemos aprendido de la situación económica actual -añade Óscar Martín, consejero delegado de Ecoembes- es que la apuesta por la I+D+i no se puede entender a corto plazo y que los recortes sufridos en esta materia han provocado una década perdida en materia de innovación. Por este motivo, apostamos por alcanzar un consenso en la sociedad que permita que esta partida no sufra cambios en materia presupuestaria, en función de los cambios políticos».

Para Parmentier, lo que más llama la atención es que tantos Gobiernos se hayan escondido detrás de la crisis económica para frenar o eliminar su apoyo a las energías renovables, mientras al mismo tiempo mantienen subsidios directos e indirectos a las energías fósiles y nuclear.

Según la Agencia de la Energía de la OECD, en 2013 las energías fósiles recibieron subvenciones al consumo por valor de 548.000 millones de dólares, mientras ese año las renovables sólo recibían 121.000 millones. Eso, sin contar los costes de los daños ambientales que todos pagamos desde las arcas públicas. “Hay una gravísima falta de visión, de lógica y de coherencia”.

Al reflexionar sobre el camino a seguir y la capacidad de las empresas para planificar de manera efectiva el futuro, el informe de Accenture Strategy -elaborado a partir de una encuesta a 750 líderes empresariales de las compañías integrantes en el Pacto Mundial de la ONU- refleja que 38% de los consultados pide normas de actuación más estrictas y consistentes que puedan reducir las emisiones y mejorar la adaptación al cambio climático.

Lo que piden – matiza Berrone- es ser capaces de autorregularse y evitar así la regulación gubernamental. Pero muchas industrias y compañías que lo han hecho no han sido capaces de hacer cambios significativos. “La normativa debe ser clara, aplicarse y que se cumpla”.

El escándalo de Volkswagen ha evidenciado un fenómeno como el «Greenwashing», un falso baño verde utilizado en algunas industrias más frecuente de lo pueda pensarse, según los expertos.

Para Joaquín Garralda, profesor de Estrategia y experto en RSC de IE Business School, «el escándalo Volkswagen ya ha pasado factura a las empresas del sector automotor. Las normas y los sistemas de control previstos para su cumplimiento van a ser más estrictos. Este fraude también va a afectar a otros sectores que se habían acostumbrado a “optimizar” el cumplimiento de las normas, tomando decisiones más en función de los mecanismos que se utilizan para el control -qué indicadores, cuándo se realizan las mediciones, etcétera- que en función del propósito perseguido con la norma».

El profesor del IESE coincide en esa idea. «El daño reputacional de Volkswagen tendrá un efecto cascada no tanto en empresas alemanas, sino en empresas del mismo sector, dentro de la industria automovilística. El sector puede tomar este acontecimiento como un daño o una oportunidad».

Para el director The Varda Group, «lo que nos recuerdan éste y otros casos de “greenwashing” es que los reglamentos y leyes deben ir acompañados de una fiscalización independiente y transparente».

«Casos aislados como el de Volkswagen -lamenta Martín- generan mucha atención mediática, desconfianza y confusión para la sociedad empañando las buenas prácticas y los pasos importantes que las empresas están dando en sostenibilidad. Pero deben servirnos para reflexionar y reforzar los controles actuales sobre las prácticas de las empresas en esta materia, pero además ofrecer información constante a la sociedad para que, cuando surjan este tipo de casos, se entiendan como aislados y no como una práctica habitual del entorno empresarial».

La posibilidad de firma un acuerdo global en París sigue en el aire. «La demanda de un mundo más sostenible -concluye Berrone- no es una moda pasajera, está aquí para quedarse y cambiará el entorno competitivo de las empresas».

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noviembre 24, 2015
Lucha contra cambio climático puede ser buen negocio
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