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China en América Latina o ¿extrañaremos a los gringos?

Chinese flag El acercamiento económico a China es, acaso, el fenómeno más relevante de América Latina en los últimos 10 años. La región se reencuentra con un rol que había encarnado hacia finales del siglo XIX: el de suministrar materias primas a quienes protagonizan una revolución industrial. Entonces fueron los europeos. Ahora, los chinos. La última expresión de este proceso fue la reunión de ministrois de la CELAC con el mandatario chino, Xi Jinping, en enero pasado, en  Pekín. En ese encuentro China repitió el diseño de su política africana: también América Latina será tratada como un bloque. Esa potencia sólo identifica dos interlocutores individuales: Estados Unidos y Rusia. El resto del mundo es percibido como un mosaico de regiones. En Pekín, China prometió prestar 80.000 millones de dólares en cuatro años. En 2014, transfirió 22.000 millones, más que el BID y el Banco Mundial juntos. La región ya debe a ese país 119.000 millones. En los últimos meses comenzó a convalidarse la célebre sentencia de Confucio: “Algún dinero evita las preocupaciones, pero mucho las atrae”. En la Argentina, el Gobierno y la Unión Industrial están protagonizando el conflicto más duro de la década a raíz de un convenio de cooperación, firmado por el presidente Xi y la presidenta Cristina Fernández. Los empresarios se quejan porque, a cambio de financiamiento, las compañías chinas se quedarán con negocios sin licitación. Los sindicatos también protestaron porque esas firmas podrán importar mano de obra desde su país. Es la primera vez que se desata una gran discusión sobre los riesgos de la presencia de China en América Latina. También es la primera vez que se firma ese tipo de contrato. El Congreso argentino autorizó al Ejecutivo a celebrar acuerdos específicos en el sector energético, nuclear, ferroviario y militar. Los convenios fueron redactados, pero permanecen en secreto. Ese hermetismo es más sospechoso porque la señora de Kirchner negoció en condiciones de gran fragilidad. Con el acceso al mercado de crédito vedado, el ministro de Economía, Axel Kicillof, solicitó a China 3.000 millones de dólares para evitar una crisis monetaria. La controversia ingresó en la campaña electoral. Los candidatos presidenciales de la oposición negocian un documento en el que, entre otras coincidencias, se comprometen a derogar el acuerdo si llegan al poder. Esta segunda conquista de América, emprendida por los chinos encuentra dificultades también en Venezuela. Pekín financia la revolución bolivariana. La deuda con China ya es de 45.000 millones de dólares y se salda con unos 600.000 barriles diarios de petróleo. Ese volumen aumenta a medida que cae el precio del producto. Ese modelo de endeudamiento fue inaugurado por Rafael Correa, que embarca hacia Pekín el 60% del crudo ecuatoriano. Nicolás Maduro no pudo renegociar el acuerdo, porque la República Popular pidió a cambio la mina de oro Las Cristinas, valuada en 32.000 millones de dólares. Como la argentina, la oposición venezolana recrimina al Gobierno haber llegado a urgencias económicas que arrodillan al país frente a los chinos. El economista Ricardo Hausmann, en cambio, culpó también a China. En un artículo del Financial Times le dedicó el reproche que tantas veces recibió el Fondo Monetario Internacional: financiar a un país con riesgo de default. El 90% de las exportaciones de Venezuela a China se reducen a petróleo En México los sobresaltos fueron otros. Enrique Peña Nieto licitó la construcción de un tren bala, por 3.700 millones de dólares. Hubo un solo oferente: la China Railway Construction Co. (CRCC), asociada a la mexicana Teya. Bombardier, Alstom, Mitsubishi y Siemens prefirieron retirarse. Teya pertenece al grupo Higa, a nombre del cual figura la mansión de Angélica Rivera, la mujer del presidente. El escándalo alcanzó al proyecto del tren bala que, con la excusa de la crisis petrolera, fue suspendido. Los chinos, envueltos en llamas, amenazan con llevar a Peña Nieto a tribunales. CRCC experimentó en México lo mismo que Sinohydro en la Argentina: para construir dos represas se asoció a Lázaro Báez, presunto testaferro de los Kirchner investigado por lavado de dinero. Pero en Buenos Aires fueron previsores: también concursó la china Gezhouba, que triunfó aliada a Electroingeniería, una firma cercana a Carlos Zannini, el principal colaborador de Cristina Kirchner. En China, donde no hay licitaciones, aceptan con naturalidad estas peculiares reglas de juego. Por su parte, los Gobiernos populistas prefieren las relaciones económicas interestatales. Sobre todo porque no están subordinadas a la ortodoxia económica que reclaman los bancos de inversión. Ese relajamiento, que incentiva la corrupción, beneficia a las empresas chinas frente a competidoras con estándares de transparencia, laborales y ambientales más severos. La predilección por China suele disfrazarse de ideología. Pekín estaría ofreciendo una alternativa a Washington, en una fantaseada segunda guerra fría. Esta interpretación enmascara una dinámica que suele lamentar Dilma Roussef: la imposibilidad de competir con las manufacturas chinas consolida a la región como proveedora de commodities. El 90% de las exportaciones venezolanas a China se reduce a petróleo; el 70% de las argentinas, a soja; el 75% de las brasileñas, a minerales y soja. Esta primarización es otra razón para que el desembarco oriental se haya vuelto problemático. Pero los gobiernos nacionales y populares celebran la nueva dependencia en nombre de la soberanía. En la izquierda circulan, sin embargo, otros diagnósticos. Hace cinco años, el titular del BID, Luis Alberto Moreno, preguntó al uruguayo José Mujica qué opinaba del avance de los chinos. El exguerrillero contestó: “Esos sí son bravos... En 15 años vamos a estar extrañando a los gringos”.

Por: Carlos Pagni

* Artículo originalmente publicado en El País, de España.
www.elpais.com
Marzo 4, 2015
China en América Latina o ¿extrañaremos a los gringos?
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